La casa de huéspedes era el refugio de los que estaban de paso o de los que no querían ser encontrados por la justicia o por sus acreedores. En estas casonas del centro, se compartía el comedor con desconocidos que juraban ser ingenieros de minas o parientes lejanos de algún obispo.
Era un ecosistema de movilidad, soledad y secretos guardados a medias, donde el anonimato era la moneda de cambio preferida.
Para muchos jóvenes que llegaban de las provincias a estudiar o trabajar, la casa de huéspedes era su primer contacto con la libertad y con la mala alimentación crónica. Se vivía bajo la mirada vigilante de una patrona que sabía exactamente a qué hora entraba cada quien, pero que estaba dispuesta a guardar silencio a cambio de una renta puntual.
Eran hoteles de baja intensidad donde la historia de cada huésped era una novela a medio escribir. En San Luis, estas casas fueron el primer paso para muchos que luego se convirtieron en figuras importantes, olvidando pronto las camas hundidas y el café recalentado que los recibieron cuando no tenían ni apellido ni fortuna.


