Los baños públicos en el San Luis de finales del siglo XIX y principios del XX eran una necesidad sanitaria disfrazada de establecimiento comercial. En una ciudad donde el agua era un lujo y las tuberías domésticas una rareza de las casas más ricas, estos lugares se convirtieron en los santuarios de la higiene urbana.
Instalaciones como los Baños de San José eran puntos de reunión donde los potosinos acudían a realizar el ritual semanal de la limpieza, rodeados de vapor, azulejos y un olor penetrante a jabón de castilla.
Eran negocios prósperos basados en la escasez. El cliente pagaba por el tiempo y por la temperatura del agua, sabiendo que afuera el frío del Altiplano no perdonaba. Pero más allá de la limpieza, el baño público era un espacio social único. En los vestidores se cerraban tratos y se comentaban las últimas noticias de la política local con una libertad que la plaza pública no permitía.
Era la convivencia en su estado más puro y húmedo. San Luis aprendió en estos establecimientos que la salud pública es una responsabilidad compartida, y que para ser un ciudadano respetable primero hay que haber pasado por la tina colectiva, dejando las pretensiones en el zaguán y el cansancio en el fondo del agua caliente.


