En el San Luis Potosí del siglo XIX, el bastón no era un instrumento ortopédico, sino una pieza fundamental de la semiología del poder masculino. Salir a la Plaza de Armas sin este accesorio era, para un hombre de cierta posición, presentarse incompleto ante el juicio del vecindario.
El bastón marcaba la cadencia del paso y, sobre todo, establecía una distancia física y simbólica entre el dueño de la finca y el resto de los mortales. La calidad de la madera —ébano, encino o caoba— y la sofisticación de la empuñadura revelaban de inmediato el rango de quien lo portaba.
Llevar el bastón con naturalidad era un arte que se aprendía en el zaguán de la casa familiar. No era solo para apoyarse; servía para señalar una dirección con autoridad, para saludar inclinándolo ligeramente o para mantener la compostura en las tertulias del Club San Luis.
El objeto dictaba el trato: el bolero cobraba con más cuidado y el gendarme saludaba con más firmeza ante un pomo de plata bien pulido. San Luis convirtió a este trozo de madera en una extensión del honor, demostrando que en el Altiplano, la elegancia es una forma de gobierno privado que se exhibe a cada paso sobre el empedrado del centro.


