En el inventario moral de las buenas familias del San Luis de antaño, el despilfarro y la improvisación eran considerados pecados civiles graves que conducían irremediablemente a la ruina financiera y al desprecio de los vecinos; la virtud máxima de la provincia era la capacidad de almacenamiento.
En una región de ciclos climáticos traicioneros, el hogar potosino funcionaba como una bodega de previsión permanente ante los meses de escasez que todos sabían que llegarían tarde o temprano.
Las alacenas monumentales de las cocinas resguardaban costales de maíz, ollas llenas de manteca de cerdo y piezas de cecina seca que podían durar meses sin echarse a perder; mientras que en los sótanos o trasteros se acumulaban arrobas de carbón de mezquite compradas a los carboneros de la sierra antes de que las lluvias lavaran los caminos vecinales.
Esta contabilidad de la despensa era el verdadero escudo de la clase media contra las crisis políticas de la nación y las sequías del Altiplano. San Luis se administró con la lógica del ahorro de centavos y el almacenamiento de granos, forjando esa mentalidad cautelosa y previsora que prefiere ver el ropero lleno y la troje segura antes que confiar el futuro familiar a las promesas del mercado.


