Julián Carrillo representa la cumbre del pensamiento de vanguardia en la música mexicana, y su labor científica llevó siempre ese sello potosino caracterizado por la disciplina analítica y una soberana indiferencia ante las modas del centro de la República.
Su postulación del Sonido 13 no fue un desplante de extravagancia bohemia, sino el resultado de años de experimentación acústica iniciados en su juventud en San Luis Potosí, donde fraccionó una cuerda de violín utilizando una cuchilla de afeitar para demostrar la existencia de intervalos musicales imperceptibles para el sistema tonal tradicional.
Su revolución microtonal fue recibida con escepticismo y hostilidad por las academias de Europa, que veían en sus teorías una amenaza directa al orden establecido por siglos de tradición clásica. Carrillo no se amilanó; mandó construir pianos y arpas especiales capaces de ejecutar sus diecisieteavos de tono y paseó su música infinita por los teatros del mundo con la terquedad de un agrimensor del desierto.
Don Julián nos dejó la lección de que las fronteras de la creación no son inamovibles, obligando al arte universal a aceptar que detrás de la apariencia ordenada de las doce notas tradicionales, late un universo acústico infinito que solo un potosino con paciencia de artesano fue capaz de descifrar.


