La Calzada de Guadalupe no era una avenida de esparcimiento civil en el San Luis antiguo; era el eje místico y el sendero de peregrinación definitivo que conectaba el centro histórico con el Santuario de nuestra Señora de Guadalupe en el sur de la ciudad.
Recorrer sus andadores de piedra a pie o de rodillas era el trámite obligatorio de la fe potosina para pagar las mandas contraídas durante las crisis de enfermedad o quiebra financiera de la familia.
El camino estaba rígidamente codificado por las costumbres del barrio. A lo largo del trayecto, flanqueado por fresnos monumentales y acequias de agua limpia, los fieles avanzaban en silencio bajo el sol calante del Altiplano, deteniéndose en las estaciones de oración y esquivando los carruajes de los ricos que acudían a las misas de alcurnia.
La Calzada era el espacio donde la piedad popular se exhibía con orgullo: el rebozo tapando el rostro de las mujeres y el sombrero en la mano de los hombres componían una fisonomía de la sumisión sagrada que forjó ese carácter hermético y devoto que distinguió a la capital potosina, recordándonos que en esta provincia, el prestigio civil siempre ha necesitado del aval del Santuario para ser legítimo.


