Mudarse de barrio en la capital potosina antes de la llegada de las redes telefónicas y los servicios de mensajería modernos era una ruptura geográfica radical que requería semanas de preparación diplomática familiar. Dejar una casa en San Miguelito para instalarse en una finca de Tequisquiapan significaba perder el contacto diario con los comerciantes, los aguadores y los vecinos que habían custodiado tu reputación durante años, obligándote a empezar desde cero en un entorno desconocido.
La mudanza implicaba enviar recados escritos con los mozos para avisar a los parientes del cambio de dirección y pasar tardes enteras liquidando las cuentas pendientes en la tienda de abarrotes de la esquina para no salir del rumbo con fama de deudor. No existía la posibilidad del aviso instantáneo; el traslado de una familia era un proceso pausado que exigía paciencia y una reorganización completa de las rutinas domésticas. El potosino aprendió a vivir el cambio de domicilio con cautela, consciente de que en esta ciudad de distancias cortas pero costumbres largas, cambiar de zaguán era mudarse a un nuevo tribunal vecinal que tardaría meses en otorgarte su confianza y su saludo en la plaza.


