La botica antigua del centro de San Luis Potosí representaba el avance de la ciencia médica, pero en el día a día de las familias potosinas, el verdadero hospital operaba alrededor del brasero de la cocina.
Los remedios caseros, basados en un conocimiento herbolario transmitido por las abuelas de generación en generación, eran la primera línea de defensa contra la enfermedad, compitiendo con ventaja frente a las fórmulas costosas del boticario titulado.
Hojas de borraja para la fiebre, té de gordolobo para la tos del invierno y emplastos de manteca con ruda para los dolores del cuerpo eran los insumos básicos de la medicina doméstica. Acudir a la botica era visto como el último recurso, el paso previo a llamar al sacerdote para los santos óleos; mientras el estómago aguantara, el potosino prefería confiar en las hierbas que se compraban por unos centavos en el mercado a los indígenas de los barrios.
Esta cultura del remedio casero forjó una soberdad médica familiar: la salud se administraba en casa con recetas que mezclaban la botánica del Altiplano con la fe en los santos patronos, demostrando que en esta ciudad, antes de tragarse el progreso de la farmacia moderna, la gente prefería aliviarse con el olor a manzanilla que salía de la cocina.


