La breve presidencia de José María Bocanegra en diciembre de 1829 es el reflejo perfecto del laberinto constitucional y la inestabilidad crónica que padecía el México republicano en sus primeras décadas de vida independiente.
Nombrado para sustituir de forma interina a Vicente Guerrero mientras este marchaba a combatir una rebelión, Bocanegra se encontró al frente de un gobierno sin dinero, cercado por las traiciones cuarteleras y con una burocracia que operaba con la certeza de que el régimen caería en cuestión de horas.
Su mandato duró apenas cinco días, los necesarios para que las tropas del general Anastasio Bustamante entraran a la capital del país y desconocieran su autoridad legislativa. Bocanegra no tuvo tiempo de firmar decretos trascendentes ni de reorganizar los ministerios; su labor se limitó a firmar actas de protesta y entregar el despacho con la dignidad de quien sabe que en esa época, la silla presidencial era un mueble prestado que se cobraba con sangre o con el exilio.
Su fugaz paso por el poder dejó la lección de que en el México del siglo XIX, la legitimidad jurídica era un adorno inútil si no se contaba con el apoyo directo de los fusiles del ejército, convirtiendo a su interinato en la primera gran tragicomedia de la burocracia nacional.


