Existe una persistente nostalgia que jura que en el San Luis de antaño las familias dormían con las puertas abiertas y los zaguanes sin cerrojo, una estampa idílica de paz provinciana que choca de frente con la realidad material de los archivos judiciales de la época. Las actas de cabildo demuestran que el miedo al robo y a la intrusión nocturna era una constante que obligaba a los potosinos a construir sus casas como verdaderas fortalezas de adobe.
Los portones de las casonas del centro contaban con gruesas trancas de madera de encino, pasadores de hierro forjado y aldabas que requerían fuerza para moverse. Dormir con la puerta abierta era un lujo que ni los santos se permitían.
El mito nació en realidad de la estricta vigilancia comunitaria de los barrios, donde un rostro extraño era detectado al momento por los vecinos; pero la seguridad doméstica dependía del grosor de la madera y de la complicidad del perro del patio.
San Luis aprendió temprano que la decencia del prójimo es una virtud respetable, pero que el honor familiar y las cucharas de plata se resguardan mejor detrás de un buen candado importado y un cerrojo echado a tiempo antes de que las campanas tocaran las ánimas.


