Miguel de la Mora representa esa estirpe de prelados potosinos que entendieron que la salvación de las almas requiere también de una estrategia geopolítica terrenal.
Su episcopado coincidió con los momentos más tensos de la relación entre la Iglesia y el Estado posrevolucionario, un periodo donde defender los derechos del clero significaba caminar al borde de la ley civil.
De la Mora supo mover las piezas de la influencia católica con la prudencia de un diplomático y la firmeza de un pastor que no está dispuesto a ceder el control moral de la plaza.
Su liderazgo fue fundamental para mantener cohesionada a la sociedad potosina en tiempos de persecución velada y debates laicos en las escuelas. De la Mora fomentó las organizaciones de laicos, fortaleció la prensa católica local y convirtió a las parroquias en centros de resistencia cultural frente al proyecto secular del gobierno. Su figura nos recuerda que en San Luis, la Iglesia nunca ha sido una institución meramente contemplativa; es un actor político de primer orden que sabe hablar el lenguaje del derecho y de la movilización social, demostrando que en esta ciudad de procesiones y cantera, la mitra episcopal tiene un peso específico que los gobernantes civiles deben aprender a calcular antes de firmar cualquier reforma.


