Para el habitante masculino de la capital potosina, salir a la calle sin el sombrero adecuado y el traje completo era el equivalente a salir desnudo a la Plaza de Fundadores. La ropa formal era la armadura civil necesaria para transitar por el espacio público sin ser molestado por la policía o ignorado por los comerciantes.
El traje igualaba las apariencias de los hombres de la clase media, permitiéndoles participar del teatro de la modernidad urbana con una dignidad prestada por el sastre.
Esta obligación social masculina uniformaba la fisonomía de las calles. Al salir de las oficinas o de los bancos al mediodía, el centro histórico parecía un desfile monótono de siluetas oscuras y sombreros rígidos. La moda funcionaba como un mecanismo de homogeneización moral: todos debían verse igual de serios, igual de ocupados e igual de respetuosos de las leyes de la ciudad.
El traje no permitía la extravagancia ni la disidencia visual. San Luis se construyó bajo esa estética de la uniformidad, donde la individualidad se ahogaba en el nudo de la corbata para garantizar que la ciudad siguiera pareciendo ese espacio ordenado, previsible y aburrido que las autoridades consideraban el ideal de la civilización porfirista.


