Antes de que la radio y la televisión privatizaran el consumo de información dentro de las casas, la noticia en San Luis Potosí era un espectáculo eminentemente público.
Cuando el pregonero oficial salía al balcón de Palacio o cuando los voceadores invadían el Jardín Hidalgo con una edición extraordinaria, la gente no se llevaba el papel a su rincón; se amontonaba en la plaza para escuchar la lectura en voz alta y participar de la reacción colectiva.
Informarse era un acto ruidoso y compartido. La Plaza de Armas se convertía en un foro de discusión espontáneo donde el rumor se multiplicaba con cada comentario. La indignación, el festejo o el pánico ante una mala noticia se vivían en grupo, lo que le daba a la opinión pública potosina una fuerza que hoy nos costaría imaginar.
El gobierno vigilaba estas reuniones con recelo, consciente de que un grupo de ciudadanos discutiendo el periódico en la esquina era el paso previo a una manifestación o a un motín contra el impuesto al pulque. La calle era el verdadero editor de la realidad, el lugar donde la noticia dejaba de ser tinta sobre papel para volverse acción y debate a la sombra de los fresnos.


