En el San Luis del siglo XIX, enterarse de lo que pasaba en la Ciudad de México o en el extranjero era un ejercicio de paciencia histórica. Antes del telégrafo, las noticias nacionales viajaban a lomo de mula o en la valija de las diligencias que cruzaban los caminos del Altiplano.
Una decisión del presidente o el inicio de una revolución llegaban a nuestra capital con tres, cinco o hasta diez días de retraso, dependiendo del clima y de que los bandoleros no hubieran interceptado el correo en la sierra.
Esta brecha temporal obligaba a los potosinos a vivir en un pasado relativo. Se discutían los decretos cuando estos ya habían sido derogados en la capital, y se temía por batallas que ya habían terminado semanas atrás.
La llegada de la correspondencia oficial al Palacio de Gobierno y de los diarios nacionales a los cafés del centro era el evento esperado de la semana. Los comerciantes y los políticos locales debían ser maestros en el arte de la suposición, tomando decisiones con información vieja y esperando que la realidad no los sorprendiera con un cambio de bando antes de que el siguiente mensajero doblara la esquina de la cantera rosa.


