Los voceadores de periódicos fueron la primera red de información en tiempo real que conoció San Luis Potosí. En una ciudad que despertaba al ritmo de las campanas, el grito del voceador marcaba el inicio de la vida pública.
Estos muchachos, que cargaban pesados fajos de papel recién impreso por talleres como los de la calle de Madero, necesitaban buena puntería con la voz y velocidad en las piernas para ganarle la clientela a la competencia en las esquinas de la Plaza de Armas.
Gritar la noticia era un arte dramático menor. No se leía el encabezado completo; se resumía el acontecimiento con una frase espectacular que despertara el interés o el espanto del transeúnte.
El voceador era el encargado de romper el aislamiento de la provincia, llevando los ecos de las guerras, los fraudes y los crímenes pasionales hasta los zaguanes de las familias decentes. El periódico se consumía en la calle, comentándose al momento con el conocido que pasaba. Esta distribución pedestre de la información creó una cultura del rumor público, donde el grito del muchacho era la señal obligatoria para que los potosinos soltaran la moneda y se enteraran, por fin, de qué parte del mundo se estaba cayendo a pedazos esa mañana.


