En el San Luis donde la mayoría de la población no sabía leer, la información pública dependía de un actor fundamental: el lector en voz alta. Frente a los bandos pegados en las plazas o en las pulquerías, siempre aparecía alguien capaz de descifrar los caracteres para compartirlos con la multitud.
Este ejercicio convertía la información en un acto comunitario y, a menudo, en un evento de interpretación subjetiva. El lector no solo comunicaba la noticia, sino que le imprimía su propio tono y comentario.
Esta práctica era la única forma de que el «pueblo bajo» se enterara de los cambios en la ley o de los sucesos de la guerra. La plaza se llenaba de gente que escuchaba con atención, tratando de entender cómo le afectaría el nuevo decreto.
La lectura en voz alta funcionaba como una aduana informativa: el mensaje del gobierno pasaba por la voz de un ciudadano antes de llegar al resto. Era un periodismo oral y espontáneo que mantenía conectada a la ciudad a pesar del analfabetismo.
En San Luis, la información no se consumía en soledad, sino que se escuchaba en grupo, generando una opinión pública ruidosa y compartida que muchas veces distaba de la intención original del autor del texto.


