La Plaza de Armas de San Luis Potosí ha sido, históricamente, nuestro salón de eventos más versátil. Lo mismo ha servido para celebrar verbenas que para organizar el teatro del castigo.
Durante décadas, la plaza fue el espacio donde el poder civil y religioso demostraba su capacidad de disciplina. El castigo ejemplar necesitaba de un escenario amplio, céntrico y rodeado de balcones desde donde las familias de bien pudieran observar el escarmiento sin empolvarse los zapatos.
La plaza no era solo un lugar de reunión; era la vitrina de la autoridad. Poner a alguien en el cepo, azotarlo públicamente o llevarlo al paredón en la plaza garantizaba que la lección fuera colectiva. La arquitectura misma del centro ayudaba al propósito: la Catedral y el Palacio de Gobierno servían de testigos mudos a la aplicación de la ley.
Se buscaba que el ciudadano promedio, al caminar por las mismas baldosas donde el día anterior se había derramado sangre oficial, sintiera un escalofrío que le recordara las ventajas de la obediencia.


