En el San Luis de antaño, tener una biblioteca personal era mejor que tener un coche de lujo hoy en día. Leer no era un hábito, era un estatus. Los libros, caros y difíciles de conseguir, eran objetos de veneración que se exhibían en las salas de las casas como trofeos de guerra intelectual.
Saber de qué trataba la última novela europea te daba el derecho de opinar en las tertulias y de mirar por encima del hombro a los que solo leían el santoral.
Este uso de la lectura como marcador social creó una élite intelectual muy cerrada y, a veces, un poco pedante. Se leía no solo para aprender, sino para diferenciarse. Las mujeres de la alta sociedad formaban círculos de lectura donde se discutía no solo el texto, sino la moralidad del autor.
Leer era un acto de poder. En San Luis, el libro fue el primer «gadget» de lujo, una herramienta que permitía a las familias influyentes demostrar que su riqueza no solo venía del subsuelo, sino de una conexión directa con las ideas más avanzadas del mundo, aunque esas ideas rara vez bajaran del estante para cambiar la realidad de la ciudad.


