Resolver un pleito con el vecino en el San Luis antiguo no requería de abogados caros, sino de una buena capacidad pulmonar y de una red sólida de aliados en la calle. Los conflictos por una maceta mal puesta, por el ruido del brasero a deshoras o por el comportamiento de los niños se resolvían en la banqueta, ante el juicio sumario de la cuadra entera.
La autoridad formal solía ser la última opción; se prefería el acuerdo directo, el insulto creativo o la enemistad eterna.
Eran pleitos de baja intensidad que le daban sabor a la vida cotidiana, donde el honor familiar se ponía en juego por un palmo de terreno o una gotera mal dirigida. La justicia era rápida, subjetiva y dependía mucho de quién tuviera más años viviendo en la misma calle o quién fuera más generoso con los chismes de la zona.
En San Luis, aprendimos a convivir odiándonos un poco, pero manteniendo siempre las formas, porque el vecino de hoy podía ser el que nos prestara la pala mañana, o el que nos denunciara ante el inspector por una nimiedad.


