Un 10 de marzo nos sirve para recordar la bravura intelectual de Antonio Díaz Soto y Gama, el abogado nacido en San Luis Potosí que se convirtió en el cerebro del agrarismo zapatista.
Díaz Soto y Gama no era el típico jurista que se quedaba en la comodidad de su despacho en el centro; él se fue a la sierra para darle forma legal al grito de «Tierra y Libertad».En la Convención de Aguascalientes, cuando se atrevió a romper la bandera nacional argumentando que los símbolos no valían nada frente a la realidad del hambre del pueblo. Fue un gesto tan potosino en su soberbia intelectual que casi le cuesta la vida en ese mismo instante.
Lo cínico de su historia es que, tras ser el radical más temido de la Revolución, terminó sus días como un académico respetado que defendía la ley con la misma fuerza con la que antes defendía el fusil.
Soto y Gama es el recordatorio de que en San Luis el derecho no es solo para pleitear por terrenos, sino para transformar la realidad nacional. Fue el hombre que le enseñó a Zapata que para ganar la guerra hacían falta leyes claras, demostrando que un abogado potosino puede ser más peligroso que un batallón entero si tiene la verdad de su lado. Su legado es esa terquedad potosina que no acepta verdades a medias y que siempre está dispuesta a romper el protocolo si la justicia se lo exige.


