El domingo por la tarde estaba reservado para la institución más temida: la visita familiar. No se trataba de convivir alegremente; se trataba de cumplir con una obligación diplomática.
Las familias se recibían en las «salas de respeto», esas habitaciones oscuras que olían a cera y que solo se abrían para las visitas o para velar a un muerto. Sentarse en esos sillones rígidos era un ejercicio de resistencia pasiva.
La conversación era una danza de lugares comunes donde estaba prohibido hablar de dinero o política, lo que reducía el temario al clima. Se ofrecía café y galletas secas como premio a la resistencia. Las visitas eran auditorías familiares para comprobar que todos seguían vivos y que nadie se había vuelto loco.
El potosino aprendió en estas reuniones el arte de sonreír sin mover los ojos. Una cortesía impecable que servía de escudo para no intimar demasiado, confirmando que en San Luis, la familia es el pilar de la sociedad, siempre y cuando las visitas duren exactamente lo que tarda en enfriarse el café.


