La «ropa de domingo» no era una prenda de vestir; era un certificado de buenas costumbres. En una sociedad que tasaba a las personas por la primera impresión, el traje dominical funcionaba como una armadura contra el desprecio social.
Estrenar no era un lujo, era una inversión en relaciones públicas. La calidad de la lana o el almidón del cuello comunicaban al resto de la plaza cuál era el estado real de la economía de esa familia.
Esta antropología de la tela generaba una tiranía estética. Las familias preferían comer frijoles toda la semana con tal de exhibir un encaje importado en la misa de doce. Una mancha en la solapa era una tragedia que arruinaba el fin de semana.
La ropa dominguera se guardaba en roperos con naftalina como si fuera una reliquia. Vestirse para confirmar la posición social obligaba a los potosinos a caminar rígidos, temerosos de que un mal movimiento delatara la pobreza que la tela intentaba ocultar, convirtiendo el acto de vestirse en una declaración jurada de solvencia ante el tribunal de la banqueta.


