Si la historia obrera es injusta con los niños, con las mujeres es prácticamente inexistente. El San Luis de hace un siglo se sostenía sobre una inmensa red de trabajo femenino que la contabilidad oficial prefería no ver.
Costureras que pasaban la noche pegadas a la vela para terminar un vestido ajeno, empleadas domésticas que administraban hogares que no eran suyos, y comerciantes informales que llenaban los mercados con los productos de su ingenio. Era un trabajo sin jubilación, sin contrato y, a menudo, sin nombre.
Estas mujeres eran las administradoras de la miseria y las arquitectas del orden doméstico. El servicio doméstico, en particular, fue la mayor industria femenina de la ciudad, una labor que exigía una disponibilidad total a cambio de un techo y un salario simbólico. Sin su esfuerzo, la vida de las élites potosinas habría colapsado en una semana.
Su trabajo no era reconocido como tal, sino como una extensión de su naturaleza femenina, una etiqueta que servía para justificar la falta de derechos laborales. En este Día del Trabajo, es justo recordar que San Luis se ha lavado, se ha cocinado y se ha cosido gracias a miles de manos de mujeres que nunca fueron a una huelga, pero que nunca dejaron de trabajar.


