La historia de San Luis Potosí suele contarse a través de generales, obispos y empresarios, olvidando convenientemente que la ciudad se mantuvo en pie gracias al trabajo invisible y constante de miles de mujeres.
Las lavanderas, las costureras, las sirvientas y las vendedoras de los mercados fueron las que realmente administraron la supervivencia cotidiana de la capital. Mientras los hombres se peleaban por el control del Palacio de Gobierno, ellas se peleaban por el control de la canasta básica y la limpieza de los zaguanes.
Este trabajo no tenía monumentos ni discursos de agradecimiento, pero era el lubricante que permitía que la estructura social no rechinara. Una ciudad sin lavanderas habría colapsado por la peste; una ciudad sin cocineras habría muerto de hambre en medio de sus discusiones políticas.
Las mujeres sostenían la economía desde la base, realizando tareas que se consideraban «naturales» y, por lo tanto, no merecedoras de salario justo ni reconocimiento público.
En San Luis, la elegancia de las levitas y la pulcritud de los manteles dependía de ese esfuerzo femenino realizado en la penumbra de los patios y en la humedad de los lavaderos, demostrando que la verdadera historia de la ciudad no está en los decretos, sino en las manos cansadas que nunca dejaron de tallar.


