El ascenso y caída de Mariano Arista en la presidencia de la República (1851-1853) ilustra la tragedia de los gobernantes que intentaron aplicar la lógica del orden administrativo en un país dominado por el caudillismo y la corrupción de los cuarteles. Arista, nacido en la ciudad de San Luis Potosí, llegó al poder mediante elecciones constitucionales, un hecho exótico en una época acostumbrada al golpe de Estado como método de relevo ejecutivo. Su programa de gobierno buscaba la pacificación definitiva del país y el saneamiento de la Hacienda pública.
Sin embargo, sus reformas chocaron con los intereses del ejército, que veía en la reducción del presupuesto militar una amenaza a sus privilegios históricos. Arista intentó combatir el contrabando comercial y reorganizar las aduanas, ganándose la enemistad de los grandes comerciantes monopolistas del centro del país.
Abandonado por sus propios generales ante el pronunciamiento del Plan de Hospicio, Arista prefirió presentar su renuncia antes que desatar una nueva guerra civil, saliendo al exilio en un barco europeo. Su gestión dejó claro que en el México de la mitad del siglo XIX, la honradez y la eficiencia técnica eran defectos políticos que conducían irremediablemente al fracaso, consolidando la lección de que para mandar en la República, hacía falta más astucia que decencia institucional.


