La llegada de las lluvias de verano a la capital de San Luis Potosí era una bendición para los campos del Altiplano, pero una catástrofe estética y logística para el centro histórico. Sin un sistema de drenaje moderno, las calles de tierra y empedrado suelto se transformaban en cuestión de minutos en canales de agua lodosa que arrastraban los desechos de los patios y los establos suburbanos, poniendo a prueba la dignidad de los peatones.
Cruzar la calle Madero o los alrededores de la Plaza de Armas requería de una destreza de trapecista. Los caballeros debían levantar los dobladillos de sus pantalones de paño y las damas recoger sus faldas con una maniobra que evitara el contacto con el fango potosino. Aparecían entonces los cargadores ambulantes, hombres que por unos centavos se ofrecían a pasar a los ciudadanos decentes de una acera a otra sobre sus espaldas.
La lluvia desmantelaba el teatro de la elegancia porfirista: el agua no discriminaba apellidos y el lodo salpicaba con la misma impiedad la solapa del banquero que la manta del peón, obligando a la ciudad a recordar, entre charco y charco, que la cantera rosa sigue estando asentada sobre la tierra del desierto.


