En San Luis Potosí, los reglamentos oficiales son literatura fantástica. Lo que realmente organiza la vida de la ciudad es la costumbre: ese conjunto de actos repetidos que todos aceptamos porque ‘así se ha hecho siempre’. La costumbre es la ley suprema, el código que no necesita abogados porque se aprende en la calle.
Las dinámicas sociales, comerciales y políticas se sostienen sobre lo que se ha aceptado a través de los años. Si un puesto de comida se pone en una esquina desde hace tres décadas, ese espacio le pertenece por derecho divino, diga lo que diga el ayuntamiento. Si una familia siempre ha organizado tal evento, nadie más puede intentarlo sin parecer un usurpador.
Esta estructura invisible es increíblemente efectiva. Nos da seguridad y nos ahorra la molestia de tener que pensar soluciones nuevas para problemas viejos. La costumbre es el pegamento que mantiene unida a una ciudad que, de otro modo, se perdería en discusiones teóricas. Confiamos en lo que se repite porque lo que se repite es previsible, y en San Luis, la previsibilidad es el mayor consuelo que podemos pedirle a la vida pública.


