En otras latitudes, el éxito de una ciudad se mide por cuántas cosas nuevas ha construido este año. En San Luis, el éxito se mide por cuántas cosas siguen en su lugar a pesar de los intentos del tiempo por derribarlas. Aquí, permanecer es una decisión política y estética que tomamos todos los días sin darnos cuenta.
Hay trazos urbanos, dinámicas de vecindario y estructuras de piedra que han sobrevivido no por falta de inversión, sino por una voluntad colectiva de no estorbarle a la tradición. Nos sentimos cómodos con lo que conocemos. La novedad nos obliga a aprender reglas nuevas, y los potosinos ya tenemos demasiadas reglas invisibles como para añadir más a la lista.
Esta permanencia selectiva genera una ciudad de capas superpuestas. El pasado no desaparece, simplemente se le pone una capa de pintura o se le instala una conexión a internet, pero sigue ahí, conviviendo con el presente en una armonía que a veces parece estancamiento, pero que en realidad es una forma de acumular historia. San Luis no borra sus pasos; los guarda debajo de la cantera. En un mundo que se deshace de lo viejo con una velocidad alarmante, nosotros preferimos conservar hasta lo que ya no sirve, por si acaso el futuro resulta ser más decepcionante de lo esperado.


