Ser un adelantado a su tiempo es una de las formas más elegantes de fracasar socialmente en provincia. Julián Carrillo lo entendió perfectamente cuando presentó su teoría del Sonido 13. En una sociedad que valoraba la tradición por encima de la lógica, Carrillo propuso una ruptura matemática con la música occidental. Dividió el tono en 16, 32 y hasta 128 partes, creando una sonoridad que la mayoría de sus contemporáneos simplemente no pudieron procesar. No es que no lo escucharan, es que no sabían qué hacer con tanta información nueva.
El problema de Carrillo fue intentar venderle el futuro a una ciudad que estaba muy cómoda con su pasado de cantera y campanas. Su genialidad fue vista como una extravagancia intelectual.
Mientras en Europa y Estados Unidos se le miraba con asombro, en su propia tierra se le trataba con esa cortesía fría que los potosinos reservamos para los locos ilustres. Carrillo demostró que la innovación en San Luis suele pagarse con el aislamiento. Se convirtió en un monumento en vida, un nombre que todos citamos con orgullo pero cuya música casi nadie se atreve a tararear, simplemente porque todavía no sabemos dónde termina una nota y empieza la otra.


