Justo antes de que estallara la Revolución, en San Luis se respiraba un aire de miedo contenido. No era el miedo a la guerra, sino el miedo a lo desconocido. La gente sentía que el orden porfiriano, tan sólido y eterno, empezaba a agrietarse.
En las cenas de sociedad se hablaba con cautela sobre las noticias que llegaban del norte, y en los barrios se esperaba con una mezcla de ansiedad y esperanza.
Había una tensión eléctrica en las calles. El miedo al cambio se manifestaba en la compra nerviosa de suministros, en los rezos más intensos en las iglesias y en el silencio inusual de la plaza principal.
Nadie sabía exactamente qué iba a pasar, pero todos sabían que nada volvería a ser igual. Fue ese momento de calma chicha antes de la tormenta, donde el San Luis antiguo se aferraba a sus privilegios mientras el San Luis nuevo empezaba a afilar los machetes. El miedo al cambio es la antesala de la historia, y en 1910, los potosinos estábamos en la primera fila de un teatro que estaba a punto de incendiarse.


