El mercado antiguo no era solo el sitio para comprar víveres; era el lugar donde la sociedad se pasaba revista con una crueldad metódica. Bajo los portales de piedra, se ejercía una vigilancia mutua que ninguna policía secreta hubiera podido soñar.
Las marchantas, expertas en la observación humana, sabían quién compraba carne fina y quién tenía que conformarse con las sobras, deduciendo de ahí el estado real de las finanzas familiares de medio San Luis.
El mercado era el gran nivelador social donde el roce físico era inevitable, pero también el lugar donde se reafirmaban los prejuicios con más fuerza. Si una señora de sociedad se rebajaba a regatear con demasiada energía, la noticia volaba más rápido que las moscas sobre el puesto de fruta.
No se iba al mercado solo por comida, se iba para medir el pulso de la ciudad, para ver quién seguía prosperando y quién, finalmente, se había rendido ante la miseria cotidiana. Era el centro de control social más efectivo del Altiplano, donde el precio de la cebolla era solo la excusa para tasar el valor de las personas.


