Caminar junto a una recua de mulas por los caminos del Altiplano implicaba dominar un dialecto exclusivo que la modernidad borró de las banquetas potosinas: el argot de la arriería.
Las mulas, animales de una inteligencia tan aguda como su terquedad, no obedecían a las órdenes amables; necesitaban una combinación precisa de silbidos rítmicos, chasquidos de lengua y una colección de adjetivos rudos que los arrieros soltaban a pleno pulmón para mantener el paso en las subidas de la sierra.
Cada grito tenía una función técnica: «¡Arre, coronela!», «¡Sostén, manchada!», eran llamadas individuales que el animal reconocía entre el polvo de la fila.
El arriero dialogaba con la bestia en una complicidad forjada por el cansancio compartido. Este lenguaje de la ruta, salpicado de expresiones directas y metáforas del campo, era considerado por las familias decentes del centro como una muestra de barbarie callejera; pero en la trinchera del camino, era la única herramienta capaz de mover toneladas de maíz y plata a través del desierto, recordándonos que en San Luis la riqueza del comercio se construyó con palabras gruesas que nunca se escribieron en las actas de la academia.


