Armar el equipaje para emprender un viaje en la era de los carruajes y los mesones potosinos requería de una capacidad de síntesis material y una sabiduría sociológica que hoy nos parecería un ejercicio de minimalismo severo.
En un espacio tan reducido como el baúl de madera forrado en cuero que se amarraba a la parte trasera de la diligencia, el viajero debía condensar los insumos necesarios para sobrevivir semanas de aislamiento en los caminos del Altiplano, cuidando que el peso no fatigara a las mulas de la recua.
La paradoja del equipaje antiguo era que, queriendo llevar solo lo indispensable, el ciudadano terminaba cargando una armadura de objetos pesados que delataban su posición social ante los desconocidos de la ruta.
El vestuario se limitaba al traje de camino recio para el polvo y al saco limpio para presentarse ante el alcalde de la cabecera municipal; pero a esto se sumaba el estuche de las navajas de afeitar, la balanza pequeña para verificar las monedas de plata en los tratos del mesón, los frascos de alcanfor de la botica familiar y el rosario de madera para encomendar la suerte en los parajes desiertos de la sierra.
El equipaje era el espejo de las ansiedades del provinciano: un inventario de defensas materiales contra la enfermedad, el fraude y el lodo, recordándonos que en San Luis viajar siempre significó cargar con tu propia casa a cuestas para no perder la decencia en medio de la inmensidad del desierto.


