San Luis Potosí vive en una crisis de identidad permanente: no es lo suficientemente pequeña para ser un pueblo, ni lo suficientemente grande para ser una metrópolis incontrolable. Estamos atrapados en un punto intermedio, una zona de confort que a veces parece indecisión pero que, en el fondo, es nuestro mayor activo.
Tenemos elementos de la modernidad más agresiva —zonas industriales, tráfico de hora pico y centros comerciales de lujo— pero conservamos costumbres provincianas que harían llorar a un planificador urbano de Nueva York. Este equilibrio nos permite disfrutar de las ventajas del progreso sin tener que renunciar a la posibilidad de encontrarnos a alguien conocido en cada esquina del centro.
A veces, esta falta de definición extrema genera una sensación de que nos falta algo, de que no terminamos de dar el salto hacia un lado o hacia el otro. Pero esa es precisamente la magia de San Luis: somos una ciudad equilibrada por accidente. No somos radicales en nada, excepto en nuestra moderación. Vivimos en la frontera de dos mundos, aprovechando lo mejor de ambos y sospechando de cualquiera que nos pida elegir uno solo.


