En San Luis, el control sobre los espacios de reunión siempre ha sido un asunto de «buen gusto» y mejor vigilancia. Las autoridades, en su afán por mantener a la ciudad como un modelo de virtud, vigilaban con lupa cualquier sitio donde se juntaran más de tres personas con ganas de divertirse.
Se sospechaba de todo: del teatro por su frivolidad, del café por sus ideas liberales y, por supuesto, de los barrios por su falta de modales. El control moral no se ejercía solo con policías, sino con una red de miradas desaprobadoras que hacían más daño que una multa.
Se trataba de regular la alegría. Había juntas de «buen gobierno» que se encargaban de dictar qué bailes eran permitidos y qué tipo de reuniones podían considerarse «decorosas». Los espacios de reunión eran campos de batalla entre el deseo de libertad y la necesidad de mantener las apariencias.
Si querías reunirte a discutir algo que no fuera el precio de la plata, tenías que hacerlo bajo el pretexto de una sociedad literaria o una junta de caridad. Este control generó una sociedad de dobles sentidos: aprendimos a decir una cosa en el salón y otra muy distinta en el patio.
San Luis se convirtió en una experta en la etiqueta de la reunión, entendiendo que para que te dejen en paz, primero hay que convencer a la autoridad de que tu reunión es tan aburrida que no representa ningún peligro para la moral pública ni para la paz de la cantera.


