Escribir la historia de San Luis Potosí no fue un esfuerzo coordinado. Fue más bien una serie de intentos individuales, casi obsesivos.
Cada quien tenía su versión, su método y su ego. Había quienes recopilaban documentos, quienes escribían memorias, quienes publicaban fragmentos en periódicos… y quienes desconfiaban de todos los demás.
El canónigo Francisco Peña, por ejemplo, decidió abandonar la “actitud romántica” de contar historias bonitas y se enfocó en algo más incómodo: verificar datos.
Eso no siempre fue bien recibido. Porque cuando alguien empieza a cuestionar versiones establecidas, inevitablemente molesta. No por lo que dice, sino por lo que implica.
Que tal vez, solo tal vez, la historia que todos daban por buena… no era tan cierta.


