La feria de barrio en San Luis Potosí —ya fuera la de San Juan de Guadalupe o la del paseo de la Alameda— tenía en la barraca del fotógrafo ambulante su aduana de solemnidad más concurrida.
En una época donde poseer un retrato de estudio elegante en el centro era un lujo que devoraba la raya del mes de cualquier artesano, el fotógrafo de feria ofreciía el acceso democrático a la inmortalidad visual mediante el uso de la técnica del ferrotipo o la placa de revelado instantáneo.
El ritual de la pose requería una seriedad de contrato notarial. El cliente elegía el fondo pintado que más acomodara a sus aspiraciones: un salón aristocrático con cortinajes de terciopelo de mentira o un paisaje marítimo exótico para una población que solo conocía la sequedad de las acequias locales. Quedarse inmóvil frente al lente de cajón mientras la música de la banda y los gritos de los vendedores de dulces de tuna ensordecían el ambiente era la prueba física de la disciplina potosina.
Esas pequeñas imágenes de metal o cartón, que se entregaban húmedas y oliendo a químicos acres en un sobre de papel barato, eran el trofeo dominical de las familias trabajadoras, el rastro de decencia que se guardaba en el baúl del patio para demostrarle al futuro que ellos también habían transitado por la fiesta con el honor intacto.


