San Luis Potosí es una ciudad obsesionada con la piedra, pero fue la madera la encargada de ponerle calidez y fijeza al interior de esa estructura de cantera rosa.
En una urbe que cambiaba de ritmo con la lentitud del desierto, los elementos de madera —los grandes portones de los zaguanes, las vigas de los techos altos y las ventanas de guillotina— eran los símbolos de la permanencia social. Lo que se construía en madera se construía para quedarse quieto, desafiando las modas arquitectónicas pasajeras.
Esta fijeza material reflejaba el conservadurismo del carácter potosino. Se prefería la pesadez de una puerta de cedro que requería de dos hombres para abrirse a la ligereza de los materiales modernos que empezaron a llegar con el ferrocarril. La madera envejecía con dignidad junto con la casa, puliéndose con las manos de los habitantes y absorbiendo el polvo del Altiplano hasta adquirir ese tono oscuro y noble que solo da el tiempo.
San Luis aprendió a mirarse en sus interiores de madera, encontrando en la rigidez de sus estructuras el reflejo de una sociedad que valora la estabilidad sobre el cambio y que prefiere la seguridad de lo inamovible antes que la incertidumbre de una modernidad que avanza despeinando las tradiciones de la cuadra.


