Gobernar San Luis en el siglo XIX era, en gran medida, el arte de saber dónde pegar los avisos. La visibilidad de la ley era su mayor fortaleza. Un gobierno que no publicaba sus actos en la calle era un gobierno que no existía para el pueblo. La pared de la esquina se convirtió en el boletín oficial donde se libraban las batallas administrativas. La ley visible era directa, sin intermediarios y con un aire de irrevocabilidad que daba seguridad al orden público.
Este método de gobierno basado en avisos públicos obligaba a la autoridad a ser clara y concisa. No había espacio para tecnicismos legales; el mensaje debía ser entendido por el que pasaba caminando hacia el mercado.
La ciudad se llenaba de estos papeles que, con el tiempo y el viento del Altiplano, se iban desgastando hasta convertirse en jirones de leyes viejas. La «ley de la pared» nos enseñó que el poder necesita ser visto para ser obedecido, y que en San Luis la legitimidad de un mandato se medía por la cantidad de avisos que el gobernador era capaz de mantener intactos en las calles principales.
Era el gobierno del post-it gigante, una administración visual que marcó nuestra relación con la autoridad para siempre.


