En el San Luis de la cantera y el incienso, la obediencia no era una opción, sino una práctica cotidiana arraigada en la educación y la religión. Se obedecía al padre, al cura y al magistrado con una naturalidad que hoy nos parecería asombrosa.
Esta estructura de respeto a la autoridad facilitaba la gobernabilidad, pero también fomentaba un conformismo social profundo. La ley no se cuestionaba; se acataba como se acatan las estaciones del año o las sequías.
Esta cultura de la obediencia se reflejaba en el orden de las calles y en la puntualidad de los rituales. Cumplir con lo establecido era la mejor forma de pasar desapercibido y evitar problemas con el sistema. Los potosinos aprendimos que la rebeldía era un lujo peligroso que solía terminar en castigo físico o social.
La obediencia funcionaba como el lubricante de la convivencia urbana en una ciudad de intereses contrapuestos. Ser una persona «obediente y de buenas costumbres» era la máxima aspiración ciudadana, una etiqueta que garantizaba el acceso a los círculos de confianza y la tranquilidad de una vida sin sobresaltos ante la ley.


