En el San Luis antiguo, la prevención de desastres era un concepto que se le dejaba casi por completo a la Divina Providencia. No había planes de contingencia ni inspecciones de seguridad; se vivía bajo la premisa de que «si no ha pasado, es porque Dios no lo ha querido».
Sin embargo, esta falta de prevención se compensaba con una reacción social máxima cuando la tragedia finalmente ocurría. Los potosinos, expertos en la contención diaria, explotaban en una actividad frenética ante la inundación o el incendio. Se vaciaban las casas para ayudar al vecino y se abrían los templos para refugiar a los damnificados. Esta dinámica de «reacción máxima» es muy propia de nuestro carácter: somos lentos para prevenir, pero asombrosamente eficientes para rescatar.
El miedo al desastre funcionaba como un recordatorio periódico de nuestra fragilidad. Cada vez que el fuego o el agua ganaban la partida, la ciudad se replanteaba su existencia, jurando que la próxima vez estaríamos listos, aunque pronto el olvido y la costumbre volvieran a dejarnos a merced de la siguiente chispa.


