Vivir en el San Luis porfiriano era como estar en una fiesta elegante donde sabías que el mesero estaba tomando nota de todo lo que decías. La vigilancia política no era ruidosa, era una presencia constante y discreta.
Don Porfirio tenía ojos en todas partes: en los clubes sociales, en las oficinas de gobierno y hasta en los confesionarios. El gobernador en turno se encargaba de que la paz reinara, aunque fuera una paz impuesta por el miedo al qué dirán y al qué informarán.
Cualquier reunión que pareciera demasiado entusiasta era sospechosa. Los periódicos locales sabían perfectamente qué límites no debían cruzar si querían seguir imprimiendo. Se vigilaba no solo la acción, sino la intención. Si alguien hablaba de democracia en una tertulia, al día siguiente podía recibir una visita «amistosa» de la autoridad.
Esta vigilancia creó una sociedad de susurros y de dobles sentidos, donde los potosinos aprendimos a leer entre líneas y a guardar nuestras opiniones políticas para la intimidad del hogar. Era un orden perfecto en la superficie, sostenido por una red de espionaje que funcionaba con la precisión de un reloj suizo, hasta que Madero llegó y rompió el cristal.


