El Plan de San Luis es, técnicamente, el documento de divorcio entre México y el Porfiriato. Francisco I. Madero lo redactó con una mezcla de indignación y esperanza mientras disfrutaba de la hospitalidad forzada de la cárcel potosina.
Lo que hace fascinante a este plan no es solo su contenido —sufragio efectivo, no reelección—, sino su ubicación geográfica. Madero eligió ponerle el nombre de nuestra ciudad para darle una identidad, aunque terminó de pulirlo en Texas tras escapar disfrazado de mecánico.
El documento es una joya de la retórica democrática. Madero no pedía el poder para él, pedía que el poder regresara al ciudadano. Declaró que el gobierno de Díaz era ilegítimo y, con una confianza asombrosa, fijó la fecha y la hora exacta del levantamiento armado. Fue el primer «evento programado» de nuestra historia política.
En San Luis nos quedamos con el honor del nombre y con la satisfacción de saber que nuestra ciudad fue el despacho donde se redactó el fin de una era. El Plan de San Luis demostró que una idea bien articulada es capaz de movilizar a un pueblo entero, incluso a aquellos que no sabían leer pero que entendían perfectamente que treinta años de lo mismo ya eran demasiados.


