El 22 de marzo de 1938 nació una mujer que decidió que la realidad no era lo que uno ve a simple vista, sino algo mucho más pequeño, invisible y, por lo tanto, mucho más difícil de explicar: Alejandra Jáidar Matalobos.
Aunque nació en el puerto de Veracruz (donde el aire es más húmedo y las certezas parecen más relajadas), Alejandra se vino al centro del país para hacer algo que en su época se consideraba, por decir lo menos, una excentricidad: estudiar Física. En los años 50, que una mujer se interesara por las leyes del movimiento y la estructura de la materia era visto casi como si alguien hoy decidiera dedicarse a la cría de unicornios.
Alejandra no solo estudió, sino que se convirtió en la primera licenciada en física de México. Imaginemos la escena: un salón lleno de caballeros con corbata y mirada solemne, y ella, ahí sentada, entendiendo perfectamente por qué las cosas se caen o por qué los átomos se agrupan, mientras el resto del mundo seguía preocupado por si el café estaba bien colado.
Pero como no le bastaba con saber, se dedicó a que los demás también supiéramos. Se convirtió en una gestora incansable. Fue la fuerza detrás de la instalación del acelerador de partículas Van de Graaff en la UNAM. Para los que no somos físicos, un acelerador de partículas suena a algo que podría destruir el universo un martes por la tarde, pero para ella era la herramienta básica para que México dejara de mirar las estrellas con pura buena voluntad y empezara a medirlas en serio.
Su mayor mérito, quizá, fue la colección «La ciencia desde México». Alejandra entendía que si la ciencia se queda encerrada en laboratorios con olor a ozono, no sirve de mucho. Quería que cualquier persona, incluso un potosino distraído caminando por la calzada, pudiera entender qué diablos pasa con la energía.
Así que este 22 de marzo, mientras algunos celebran el agua y otros la primavera, nosotros recordamos a Alejandra Jáidar. No nació en nuestra cantera, es cierto, pero su inteligencia fue tan expansiva que terminó iluminando todas las facultades de ciencias del país, incluida la nuestra. Porque al final, los átomos se portan igual en San Luis que en Veracruz, y Alejandra fue la primera en explicárnoslo con una claridad que ya quisieran muchos políticos.


