En San Luis Potosí celebramos el agua rindiéndole culto a un monumento que servía para darla, pero que hoy solo sirve para las fotos de los turistas. Hablamos de la Caja del Agua, ese objeto que parece una polvera olvidada por una giganta en la Calzada de Guadalupe.
Antes de esto, si tenías sed, dependías de los aguadores: señores con una fuerza envidiable que cargaban vasijas de barro y que, según las malas lenguas, se gastaban las ganancias en la pulquería más cercana antes de que el agua llegara a su destino.
El gobernador Ildefonso Díaz de León, harto de que la ciudad no oliera precisamente a rosas, mandó construir este sistema. El resultado fue una joya neoclásica tan bonita que nos dio pena seguir usándola para algo tan mundano como lavarse la cara, y terminamos convirtiéndola en el símbolo de la ciudad.
Así que este 22 de marzo, si abres la llave y no sale nada, no te enojes. Es nuestra forma potosina de ser fieles a la tradición: tenemos una de las cajas de agua más hermosas del mundo, precisamente porque aprendimos que el agua es tan valiosa que lo mejor es… guardarla en monumentos de cantera rosa que nadie puede abrir.


