A finales del siglo XIX, la llegada del primer circo a la capital fue un evento que paralizó las actividades económicas. Los potosinos, acostumbrados a la solemnidad de las procesiones, miraron con los ojos abiertos como platos las acrobacias y los animales exóticos traídos de tierras lejanas.
El circo trajo un aire de fantasía y de transgresión a una ciudad conservadora, demostrando que debajo de la cantera rosa también latía un deseo de aventura y de espectáculo. Fue el inicio de una cultura del entretenimiento masivo que nos enseñó a reírnos de nuestras propias tragedias mientras el payaso hacía de las suyas en la pista.


