El reloj que adorna la fachada de la Catedral no es un aparato cualquiera; fue un obsequio personal del rey de España, Fernando VII. Llegó a San Luis como una muestra de favor real hacia una de las ciudades más leales a la corona.
Durante casi dos siglos, ha marcado el ritmo de la vida pública, avisando a los ciudadanos cuándo es hora de misa, de comercio o de revolución.
Es un pedazo de historia europea clavado en nuestra cantera, un recordatorio de que alguna vez fuimos una pieza clave en el imperio donde nunca se ponía el sol.


