A finales del siglo XIX, la magia del cinematógrafo llegó a San Luis, instalándose en locales improvisados cerca de la Plaza de Armas.
Los potosinos de entonces, acostumbrados a la luz de las velas, miraron con terror y fascinación cómo un tren avanzaba hacia ellos en una pantalla blanca. Fue el inicio de nuestra obsesión con la imagen.
El cine no solo trajo entretenimiento, sino que nos abrió una ventana al mundo, permitiéndonos soñar con París o Nueva York desde la comodidad de una silla de madera. Aquellas primeras proyecciones fueron el germen de una cultura cinéfila que hoy vive en la Cineteca Alameda.


