A mediados de enero de 1811, las tropas de Hidalgo y Allende abandonaron San Luis Potosí con rumbo al norte, después de haber tomado la ciudad sin disparar un solo cañón (principalmente porque los realistas salieron corriendo antes).
Fue una despedida agridulce. Los potosinos, que siempre hemos sido de «ver y juzgar», los miraron partir con una mezcla de esperanza y miedo a las represalias.
Poco sabían que semanas después llegaría la tragedia de Puente de Calderón. La historia nos dice que se fueron como héroes, pero el chisme local cuenta que se llevaron hasta las cortinas de los palacios para hacer uniformes.


