El debate se traslada a las calles de los barrios tradicionales. Mientras algunos vecinos ven en las pintas una agresión a la cantera rosa, una nueva generación de gestores culturales propone ver el grafiti como un lenguaje necesario de la periferia.
El Ayuntamiento se debate entre la limpieza de fachadas y la creación de un catálogo de arte urbano. Al final, el grafiti es el pulso de una ciudad que grita lo que no puede decir en los foros oficiales, y borrarlo es, a veces, ignorar el síntoma de una sociedad que necesita ser escuchada.


